Los de los ojos grandes y la nariz alta

22 marzo, 2011

En los años 70, cuando un niño japonés veía a un occidental, lo normal era que lo señalara con el dedo y saliera corriendo. Occidental era sinónimo de americano y era sinónimo de miedo. Los blancos, de ojos grandes y “nariz alta”, aterrorizaban a los niños, e indirectamente a los adultos también.

Esto era cierto para los hijos de padres que no habían tenido un contacto directo con los occidentales. Para aquellos que vivían del recuerdo de los G.I. repartiendo golosinas y sonrisas en las calles bombardeadas de Tokio, la reacción podía llegar a ser la opuesta.

Pero dominaba el miedo, y por lo general los niños gritaban “Gaijin, gaijin” y huían en estampida, como si hubieran visto a un monstruo. (Este miedo no dejaba de esconder, en el fondo, una cierta admiración).

No sé si es porque la apertura de Japón en el siglo XIX fue forzada a cañonazos por el Comodoro Perry o porque los compatriotas de Perry lanzaron dos bombas atómicas en 1945 después de haber atacado todos los objetivos japoneses tanto nacionales como asiáticos. O por la ocupación que siguió a la derrota. O porque es una sociedad isleña y demasiado homogénea. Pero muchos japoneses, sobre todo los más mayores, temen a los occidentales.

Estos días se está dando una situación delicada en la región japonesa devastada por el tsunami. En los pueblos afectados vivían sobre todo pescadores y agricultores. Eso implica que era una población de gente mayor, porque casi no hay jóvenes dedicados al sector primario hoy en día. Viejecitos que vivían en sus casas tradicionales de madera y tejas azules, con tatami y kotatsu y las ventanas mirando al mar.

Muchos países han enviado equipos de rescate como parte de su ayuda a Japón. Pero un presentador de la NHK hizo hoy el siguiente comentario: “Son personas que ya están asustadas. Necesitan ver a gente que les resulte familiar”.

No se refirió explícitamente a los equipos de rescate extranjeros. También pudo referirse a los japoneses del sur, o del oeste. Los norteños del campo tienen su idiosincrasia propia, su dialecto y sus costumbres. Son gente humilde y muy reservada, y su contacto con los foráneos puede haber sido casi nulo.

Pero entonces me viene a la memoria la historia de Kitako (nombre falso). Ocurrió hace unos años, y por entonces ella tenía 78. La atropelló un coche en una carretera de Karatsu. Saltó por los aires y cayó sobre el césped que crecía a un lado de la carretera. Mi madre fue testigo y corrió hacia ella. La viejita hablaba y se quejaba de la espalda. “De dónde es usted?”, le preguntó a mi madre. “De España”, le contestó. “Ah, no es usted americana”, le respondió.

Kitako había trabajado durante años para una familia estadounidense en los años previos a la guerra. A través de ellos tuvo acceso a una piscina y aprendió a nadar. Se convirtió en una gran nadadora. Y ahora, mientras su cuerpo era lanzado al aire al impactar con el coche, Kitako se imaginó que estaba saltando desde un trampolín. Era el mayor salto de su vida.

Mi madre la acompañó hasta que llegó la ambulancia. Al despedirse, Kitako alargó el brazo.
- “De joven ayudé mucho a los extranjeros. Buda se dio cuenta. Por eso ha sido una extranjera la que me ha ayudado esta vez”-, le dijo sonriendo.

@tanaoshima Foto: Marcha militar de las tropas estadounidenses en Hibiya (Tokio), en 1946. ©Wikimedia Commons
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