Del Japón feudal al Japón imperial: una crónica familiar

7 abril, 2011

Hay en Aizu (Fukushima) un onsen-ryokan (hotel tradicional con aguas termales) llamado Mukaitaki. Está situado en la montaña, rodeado de árboles frondosos, y no ha sido dañado por el tsunami. Es una casa de madera del siglo XIX y ofrece alguno de los mejores baños termales de la zona.

En su día fue lugar de reunión de los samuráis del feudo. Se bañaban y se relajaban en las aguas ardientes, desnudos, con sus súbditos. Allí se bañó también mi tatarabuelo, y más tarde mi bisabuelo, mi abuelo y mi padre. Cada generación llevó a la siguiente a conocer el ryokan. Mi hermana, mis primos y yo teníamos esa visita pendiente con mi abuelo, pero una enfermedad repentina lo mató a los 97 años.

Muchos refugiados del tsunami han sido trasladados a Aizu. Sus hospitales han estado atendiendo a heridos y embarazadas de los pueblos de Fukushima tras el desastre.

Me pregunto cómo habría reaccionado la sociedad del siglo XIX ante una catástrofe así. (De hecho, hubo un tsunami en la misma región hace 150 años). ¿Habrían ayudado los samuráis en las labores de rescate, como haría hoy cualquier ejército?

Como comenté en otro texto, parte de mi familia paterna viene de Aizu, de la actual provincia de Fukushima. La otra parte viene de la otra punta de Japón: Kyushu, la isla exuberante y próspera. El abuelo de mi abuela paterna -mi otro tatarabuelo- era director de un instituto de enseñanza secundaria en Kumamoto y luchó por el derecho de las mujeres a estudiar carreras universitarias.

Su hijo, mi bisabuelo, fue un polémico emprendedor que saltó de Tokio a San Francisco y de ahí a Singapur, Shanghai, Rangún y Calcuta con un negocio de caucho y té que le fue bastante bien. Con la guerra perdió todos sus dominios pero mantuvo la suficiente fortuna como para casarse por segunda vez. Tercera, si contamos un efímero matrimonio en Calcuta con una señora inglesa cuyas cartas nos encontramos un día mi hermana y yo en el trastero de mis abuelos mientras buscábamos algo interesante que guardar, por ejemplo la correspondencia con Tagore, que -obviamente- nunca encontré. (La relación de mi bisabuelo con Tagore y Gandhi da para otro capítulo, pero quizás no en este blog).

A su tercera mujer, artista del shamisen, al igual que la primera, le montó una casa de geishas que luego se convirtió en un ryotei (literalmente, palacio culinario). Se llama Shinkiraku y ahí sigue, en frente del mercado de Tsukiji, en Tokio.

Nunca he ido como cliente; nunca podría ni querría pagar un menú de casi mil dólares (incuye espectáculo de música y danza de geishas, además de su compañía). De todos modos hace falta una invitación. Pero sí he “entrado por la cocina”. De pequeña iba con toda la familia, nos juntábamos en Año Nuevo unas 30 personas en una sala de tatami gigantesca y nos servían un menú interminable, aunque no especialmente elaborado. Debían ser platos de batalla para el familión.

Se rumorea que fue en una de esas salas donde Hideki Tojo, borracho, decidió atacar Pearl Harbour. Pero mi familia lo ha negado; me dicen que mi bisabuelo no tenía buena relación con Tojo, y que el abyecto ex primer ministro japonés y posterior criminal de guerra nunca pisó el ryotei.

Sí lo hicieron, mucho más tarde, Nixon, Chirac y no sé qué otros políticos. Pero la visita más memorable para quien regenta ahora el Shinkiraku, la hija de la tercera mujer de mi bisabuelo, fue la de Alain Delon. Me lo contó con un destello en los ojos. “Me pregunté cómo podía haber un hombre tan bello”…

¡Qué realidad tan distinta a la de Tohoku, entonces y ahora!

@tanaoshima Foto: Hotel tradicional Mukaitaki. ©www.mukaitaki.jp
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