La cerámica de Aizu
20 abril, 2011

En las novelas de Kawabata la cerámica ejerce con frecuencia un papel simbólico: es la herencia del pasado, el hilo directo que une a los personajes con sus antepasados. Las mismas tazas donde beben té fueron de generaciones anteriores.
Por los poros de las tazas se cuelan la humedad y las viejas historias familiares. En los silencios se escucha el sonido del té, servido a pequeños golpes. Para Kawabata, la cerámica es un pedazo vivo de barro.
Por los distintos puntos del mapa japonés hay referencias para los amantes de la cerámica. La lista de todas sería muy larga: del Este al Oeste, de unos colores a otros, de unas influencias a otras. Los japoneses cuidan las pequeñas artes con devoción. Es difícil no compartir su entusiasmo por los pequeños objetos y rutinas que hacen la vida diaria más acogedora. Quizá hay que recordar que en Japón la pequeña vida puede ser una delicia.
En la región de Tohoku la cerámica más antigua es la de Aizu Hongo (en la zona también son reputados sus lacados). Se atribuye su origen a 1645, cuando el señor feudal de Aizu encargó una serie de piezas para la ceremonia del té a un maestro del centro del país.
Las piezas se elaboraron, al parecer, con una tierra marrón decorada en los bordes con un vidriado blanco, azul, gris verdoso o azulado (la imagen superior muestra algunos ejemplos). Con estos rasgos se desarrolló la escuela de cerámica local, con más de 10 variedades.
En la guerra civil de Boshin, en 1868, muchas de las piezas más viejas se perdieron. Cuando concluyó, y se reorganizó el mapa de Japón, se recuperó la producción.
Me imagino a los ceramistas de la región estos días: seguirán al cuidado de sus hornos, reconstruyéndolos si ha sido necesario, preparando nuevas piezas que se transmitirán de una generación a otra. Así han hecho siempre.

