Carta desde Kamakura, 13 de marzo
13 marzo, 2011

“Siento haberos preocupado. A medida que pasan los días me doy cuenta de la dimensión de la catástrofe. Es demasiado cruel, se me hunde el pecho al pensarlo. Todavía se sienten fuertes réplicas y es imposible estar tranquilos. Sin embargo, hemos tenido mucha suerte. Los cortes de luz fueron largos y M. estuvo horas sin poder llegar a casa, pero pudimos comunicarnos por el móvil. M. llegó sola y tranquila a las seis de la tarde. Fue uno de los momentos más felices”.
Correo recibido el 13 de marzo de 2011, a las 6:37 de la mañana, procedente de Kamakura.
@tanaoshima. Foto: Templo Jufuku-ji, Kamakura. ©Wikimedia Commons.
La noche del viernes 11 de marzo
12 marzo, 2011

Nuestra antigua casa de Tokio, en el modesto barrio de Sumida, se ha mantenido en pie. Es una caja de cerillas suspendida sobre cuatro vigas de metal. Cada vez que la tierra temblaba, la casa se balanceaba como un columpio. La gente ni se inmutaba, pero nosotros nos preparábamos para salir corriendo y esperábamos bajo el quicio de la puerta. Nunca fue necesario huir. El pasado viernes 11 de marzo, nuestra antigua casa se balanceó, se balanceó, se balanceó… y resistió la sacudida. Me alegro por sus nuevos inquilinos.
A la misma hora, en Kamakura, a pocos kilómetros de Tokio, las bonitas viviendas unifamiliares temblaron como frágiles linternas de papel. No hubo desgracias, pero sí muchos desperfectos. Apagones, frío, hambre. “No podía ni calentar agua, así que por la tarde salí a comprar comida y me encontré con que estaba casi todo cerrado y las tiendas que estaban abiertas ya no tenían provisiones. Me crucé con una vecina y me ofreció unas galletas, de modo que cené galletas y zumo en la habitación fría, iluminada sólo por la luz de una vela. No había internet, no había teléfono, no había trenes. La ciudad estaba solitaria”. Me lo cuenta M. O., una persona querida. Probablemente la última vez que vivió algo así fue en su infancia, al terminar la Guerra del Pacífico.

