El marido de mi amiga K. (al que llamaré H.) se encontró hace poco con la señora Rockefeller, aquí en Nueva York. Estaba muy preocupada por lo sucedido en Japón y le preguntó por su familia, por su ciudad, por su gente. H. le comunicó que todo estaba bien en su ciudad natal, ante lo cual la señora Rockefeller, muy ancianita ya, sonrió y asintió con la cabeza.

Poco después, la señora dejó escapar su pregunta:

- ¿Se han perdido obras de arte en el desastre?

En el momento, H. no supo bien qué contestar.

- Los museos están intactos, pero se calcula que se han perdido más de 400 monumentos históricos-, me comentó mi amiga K., que, como la señora Rockefeller, está vinculada al arte, aunque a otra escala.

La cifra es importante para un país que conserva poco patrimonio cultural, si se compara con Europa. Por descuido, por guerras, por creencias y por lo efímero de los materiales, los edificios históricos en Japón han durado muy poco.

La madera, sobre todo en un país húmedo y sometido a catástrofes naturales, se conserva bastante mal. Pero además ha sido tradición del sintoísmo, por ejemplo, destruir los templos cada cierto tiempo como ritual de renovación y purificación.

Algunos santuarios sintoístas datan del siglo VIII. Esto quiere decir, en realidad, que la primera piedra fundacional se remonta a esas fechas. El sintoísmo, antes de institucionalizarse, era un animismo menos complejo que basaba sus monumentos en pequeños monolitos verticales. A partir de esas rocas se construyeron más tarde los templos de madera, que se fueron renovando periódicamente.

Es relativamente difícil encontrar edificios antiguos, tan codiciados por los turistas. Aunque el budismo japonés guarda muchos monumentos y tesoros del pasado.

Sí hay mucho patrimonio intangible, a veces en forma de personas.

Son los llamados “Tesoros Nacionales Vivientes”, personas cuyos oficios y conocimientos se consideran de importantísimo valor para el país. Este título abarca las distintas artesanías y artes tradicionales y es concedido al final de cada carrera.

Algunos de estos Tesoros Vivientes aparecen retratados en el último número de Monocle. Son artesanos de la forja, el lacado y el bordado; actores de Kabuki y Noh e intérpretes de instrumentos antiguos japoneses.

Sumitayu Takemoto es la séptima generación de músicos de Bunraku, el teatro de títeres japonés. Con 93 años ha sido hoy el encargado de donar, en nombre de la Asociación Nacional de Bunraku, algo más de un millón de yenes a la Cruz Roja japonesa. Una cantidad pequeña pero simbólica.

Los 1,3 millones de yenes fueron recaudados durante los espectáculos del último mes en el Teatro Nacional de Bunraku, en Osaka. “He actuado muchas veces en Tohoku. Es poca cantidad, pero espero de corazón que pueda ayudar en algo”, dijo, según recogió la agencia Kyodo.

@tanaoshima Foto: Músicos de Bunraku. ©Wikipedia.


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