Mi familia japonesa ha agradecido el lote de comida que le he hecho llegar desde aquí. A diferencia de Tohoku, en Tokio y alrededores no hay problema de abastecimiento de alimentos, pero nunca viene de más tener pequeñas delicias extranjeras en momentos así. Uno de los productos que más me encargan son las cajas de chocolates Whitman’s.

Hoy los venden en cualquier Duane Reade, pero hace 60 años eran unos bombones muy valorados. Los comían mi padre y mis tíos en su casa de Kamakura después de que se los obsequiaran, con frecuencia, unos amigos estadounidenses. Los comió mi padre de pequeño y los comieron mis tías cuando estudiaron en San Francisco y Boston en la inmediata posguerra. No los vendían en Japón y eran, como todo lo que traían por entonces los americanos, algo extraordinario. Como las chocolatinas Hershey’s que repartían los marines en las calles de Tokio al finalizar la contienda.

Como hemos comentado muchas veces en este blog, la crisis que ha desencadenado la catástrofe natural y el accidente nuclear en Japón recuerda a la última posguerra. Así lo vive mucha gente que recuerda aquellos años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. EEUU había demostrado su fuerza con creces, no sólo su potencia destructora sino también su poder libertador. Los soldados americanos sonreían a las chicas japonesas, regalaban dulces a los niños, ayudaban a los ancianos. Estaban allí para ayudar a Japón a enderezarse hacia el buen camino.

(Ésta es la imagen que prevaleció, aunque la ocupación de MacArthur tuvo muchas sombras. Pero entonces la política de Washington estaba llena de gestos “amistosos” hacia la sociedad japonesa. Mis tías estudiaron en EEUU porque se beneficiaron de unas becas diseñadas específicamente para jóvenes japonesas que podían ver su futuro profesional truncado por el desastre bélico).

Lo hemos visto en Irak, con resultados muy distintos. Porque ni Bush era MacArthur ni Irak es Japón. Pero ése es otro tema.

La cuestión es que desde entonces EEUU ha sido el gran aliado de Japón, y los japoneses que aceptaron la derrota también aceptaron la protección, en adelante, de los americanos. Hoy en día hay japoneses que rechazan la imagen de EEUU como el “hermano mayor” que viene en su defensa. Quieren modificar el famoso artículo 9 de la Constitución de MacArthur (el que prohíbe a Japón tener un ejército) y dotarse de una armada propia. “Sin ejército, estamos como castrados”, me dijo una vez una amiga de Tokio.

Pero gran parte de la sociedad (de momento, mayoría, pese a la oposición de Okinawa) prefiere mantener el principio pacífico y reconoce en EEUU al primo protector.

El día en que el Gobierno japonés elevó el nivel de alerta nuclear al máximo, el pasado 12 de abril, muchas de las reacciones populares de los japoneses -manifestadas a través de Twitter- estuvieron dirigidas hacia su gran aliado. “¿Por qué no piden ayuda a EEUU?”, decía uno. “Vamos a pedir a EEUU que nos ceda terreno a los de Tohoku”, decía otro. “Emigremos todos a EEUU”, añadía un tercero.

Vuelven los recuerdos de los bombones Whitman y los aires de bonanza que llegaban del otro lado del Pacífico. El chocolate, las sopas y los beef jerkey sientan muy bien una vez ha pasado lo peor.

Pero, pese a todo, lo que más reconforta ahora mismo a los japoneses es poder tomar un buen bol de arroz recién cocido, algo que todavía no está asegurado en muchos de los refugios de la región devastada. “Tenemos pan, pero no arroz, y me da miedo que los niños se queden desnutridos”, oí decir a una refugiada por televisión.

Supongo que será algo así como preferir el cálido aliento de la madre frente a la poderosa musculatura del hermano mayor.

@tanaoshima Foto: Suministro racionado de arroz en 1945 en Japón. ©Wikipedia
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