Unas chanclas para el terremoto
15 marzo, 2011

De pequeña viví en una de las zonas más sísmicas de todo Japón. La ciudad de Shizuoka se sitúa sobre la falla de Tokai y muy cerca del monte Fuji. El epicentro de los violentos terremotos de Tokai suelen localizarse en la Bahía de Suruga, próxima a la ciudad.
Era obligatorio llevar al colegio un cojín de unas características concretas que normalmente utilizábamos para sentarnos. En los días de simulacro, saltaba la sirena y todos los niños nos colocábamos el cojín en la cabeza y nos escondíamos debajo de los pupitres. No había cascos; sólo un cojín tejido por nuestras madres.
Los terremotos eran frecuentes y a veces intensos. Recuerdo particularmente uno que me sorprendió en clase de caligrafía, en la cima de un monte. Cuando el suelo empezó a temblar y luego a oscilar, me dio tiempo a mirar por la ventana antes de refugiarme bajo una mesa. Los arbustos de té y los mandarinos temblaban conmigo, como riéndose.
Recuerdo también los bloques de hormigón que arruinaban el paisaje de la playa. Estaban ahí puestos para los tsunamis, me decían, pero era imposible verlos con buenos ojos. Y me preguntaba cómo podrían aquellos bloques detener una ola que me imaginaba como una gran zarpa capaz de alcanzar, como lo hizo en el siglo XV, al Gran Buda de Kamakura. Por entonces no sabía que el tsunami no era una zarpa, sino una lengua que devoraba, lentamente, pueblos enteros.
Mucho más tarde, ya en Tokio, un colega me preguntó si me había planteado alguna vez cómo escapar del edificio en el que trabajábamos en caso de terremoto. Era un edificio alto y viejo, sin sistema antisísmico. Me dijo que el edificio contaba con un número de cascos, linternas y cuerdas, pero que probablemente no había suficiente para todos.
El mismo colega me dijo que en su casa tenía, al borde de la cama, una bolsa con unas chanclas, un casco, una linterna y una botella de agua. “Siempre está ahí, por si acaso”, me dijo.
- ¿Por qué las chanclas?-, le pregunté.
- Para no cortarme con los cristales-, me respondió.

