Las imágenes del 6 de agosto
6 agosto, 2011

En 1945, tras la rendición de Japón en la Segunda Guerra Mundial, el presidente Truman envió a 1.150 personas a Hiroshima con el objetivo de documentar el impacto de la bomba atómica sobre la ciudad japonesa. Entre ellos había un grupo de fotógrafos.
Las imágenes que tomaron se utilizaron para analizar de forma exhaustiva los daños de la explosión y las consecuencias de la radiación. Durante años estuvieron clasificadas. Se usaron como referencia para la construcción de edificios militares en Estados Unidos.
Desde el pasado mes de mayo, y hasta finales de agosto, se exponen unas 60 imágenes de entonces en las paredes del Centro Internacional de Fotografía (ICP) de Nueva York. El archivo completo del ICP sobre Hiroshima es de 700 fotografías: un testimonio excepcional de la bomba y la desolación de la ciudad.
La imagen superior muestra las ruinas del Templo de Kokutai. La fotografía es del 5 de noviembre de 1945.
Cada 6 de agosto, en la explanada del Peace Memorial Park de Hiroshima, se recuerda aquel verano de 1945.
Este año se celebra el 66 aniversario, una fecha en principio poco propicia para celebraciones especiales. Pero 2011 es el año del gran terremoto de Tohoku, que tantos recuerdos ha removido.
A las 8:15 de la mañana, la hora de la explosión, sonó la Campana de la Paz. El nuevo alcalde de la ciudad leyó la declaración, que incluyó una mención excepcional al gran terremoto de Tohoku, “tan destructivo que revivió las imágenes de Hiroshima de hace 66 años” (cita el diario ‘Asahi’). El primer ministro Naoto Kan afirmó que Japón se encaminará hacia la no dependencia de la energía nuclear.
Un breve recordatorio para el archivo: la portada del Washington Post del 7 de agosto 1945 se refería a la bomba de Hiroshima y la explosión como “una nueva era de poder al beneficio del hombre”.
Y un apunte: por primera vez habrá un representante de Estados Unidos en la ceremonia de Nagasaki del 8 de agosto.
(Otra nota: la periodista del New York Times Hiroko Tabuchi informa en su twitter de la apertura de una nuevo café Starbucks en Fukushima, la ciudad más cercana a la central nuclear. Había, dice Tabuchi, una larga cola de gente en la puerta).
(@cmdelaserna / Fotografía: Centro Internacional de Fotografía, ICP).
Los hijos de la bomba
19 marzo, 2011

En mi época, los niños se seguían refiriendo a la bomba atómica como Pika-don, las onomatopeyas del relámpago y del trueno. La conocíamos como algo horrible y sombrío que había matado a mucha gente y había dejado a muchos niños sin sus madres. Había ocurrido en ciudades que desde Kamakura o Shizuoka me parecían muy lejanas, y además había ocurrido mucho tiempo atrás. Era como un mito, aunque terrorífico.
Shiro es la primera persona que conocí que hablaba de la bomba con una familiaridad casi íntima. Hablaba de “cuando cayó Pika” como quien habla de la visita de un pariente. Nació en Nagasaki y ahí es donde vive, en una choza en la montaña, cultivando mazorcas y haciendo cerámica. Trabajaba la huerta con su padre, hasta que murió.
Lo vi unos días después, en plena estación de lluvias.
- ¿Qué tal está tu padre?-, le preguntamos.
- Mi padre murió el mes pasado. El día 25-, respondió con ímpetu.
- ¿Y qué tal está tu madre?
- Mi madre está bien-, dijo como un alférez ante un sargento, como siempre responde, con aparente entusiasmo. – Mi madre está histérica-, añadió en el mismo tono.
- ¿Sigues viviendo en la choza de la montaña?
- Sigo viviendo en la choza de la montaña.
- ¿Sigues sin tener cocina?
- Sí, no tengo cocina. Pero cocino sobre la estufa. Ahora me la quiero hacer en cerámica.
- ¿Y WC?
- No. Pero ahora que me han instalado la cañería a lo mejor también me lo fabrico en cerámica. De momento me dejan el de la abuela.
- ¿Qué tal Yusan?
- Bien. Se ha fabricado un novio. De Hiroshima. Y yo me siento culpable.
- ¿Por Yusan?
- No, por mi padre. Pienso que tal vez yo contribuí a fabricar su cáncer.
Shiro se tomó un sorbo de té.
- Estamos en el periodo en el que dicen que su alma todavía revolotea por aquí-, dijo de repente, a modo de información, como si hablase de un monumento histórico. -Eso es lo que nos dijo el monje de la escuela Rinzai.
- ¿En tu casa sois Rinzai?-, le preguntó M.
- En mi casa somos Zen-, dijo sonriente.
(No es que mi memoria sea prodigiosa; es que cuando hablo con Shiro, muchas veces tomo notas).
Su padre llevaba siempre consigo la cartilla de Hibakusha, víctima de la bomba atómica.
Estos días se vuelve a leer en la prensa la palabra Hibakusha. Esta vez se refiere a las personas contaminadas por los escapes radiactivos de las centrales nucleares de Fukushima. Todo se parece demasiado a la Segunda Guerra Mundial. “Atacaremos hasta el final”, dijo ayer Yukio Edano, el jefe del Gabinete, el hombre del momento.
@tanaoshima Foto: Nagasaki tras la bomba atómica. ©Wikimedia Commons.
La posguerra de Kaneto Shindo
16 marzo, 2011

Cuando veo las imágenes de los pueblos de Tohoku desaparecidos bajo el tsunami, con los amasijos de restos de casas amontonados en mitad del barro, pienso en la explanada de Tokio o de Hiroshima después de la guerra. Supongo que es inevitable que una generación de japoneses sienta que, después de todo lo andado, el futuro era una nueva posguerra.
No hay derrota, que resultó tan dolorosa, ni la humillación de entonces ni de los años siguientes. Pero la comparación que hizo el primer ministro Kan con la situación tras el fin de la Segunda Guerra Mundial para referirse a la crisis actual tiene un carácter mucho más sentimental que histórico. No se trata de que coincidan los hechos, sino los sentimientos.
Surgen de nuevo las tristezas, la paradoja del progreso cuando una parte del país está destruido. La derrota es frente a la naturaleza, que en cierta medida es también la derrota de la ciencia, que Japón abrazó con convencimiento. Tokio teme los vientos como entonces los sonidos de las sirenas.
Hiroshima: Kaneto Shindo nació en 1912 en esta ciudad frente al Mar Interior (cuyo pescado goza de merecido prestigio en Japón). Shindo es sobre todo conocido y elogiado por ‘La isla desnuda’, un precioso poema cinematográfico de 1960 que transcurre en silencio, al ritmo de una pequeña barca de madera. ‘Los niños de Hiroshima’ (título original ‘Gembaku no ko’) la hizo ocho años antes, cuando el cine japonés comenzaba a ser reconocido fuera del país.
Akira Kurosawa recibió el León de Oro de Venecia por ‘Rashomon’ en 1951. Teinosuke Kinugasa obtuvo el principal premio de Cannes por ‘Jigokumon’ en 1954.
La película de Shindo sobre Hiroshima es de 1952. Es la historia de una profesora que vuelve a la ciudad seis años después del fin de la guerra, mezclada con imágenes documentales de la ciudad desolada por los efectos de la bomba atómica. Los niños juegan en el río Ota cubiertos por un ‘fundoshi’ en el caluroso verano japonés y las imágenes parecen de un remoto pueblo del sudeste asiático.
La profesora se encariña con Taro, un niño que vive en los alrededores y que acude a su escuela. Taro era el futuro de Japón.
En una ocasión paseábamos con el periodista japonés Idaka San por su barrio de Tokio, Sumida, y nos contaba sus recuerdos de la posguerra. Hablaba, como siempre, con la cabeza cubierta por una boina. Las bicicletas cruzaban el puente de las despedidas, Azumabashi, sobre el río Sumida. Sólo Idaka San recordaba que el puente se había llamado así. Quién se iba a acordar entonces de la posguerra.


