Estos días están siendo frescos en Tohoku. Tal vez sea un alivio para quien vive en un país con una naturaleza bella pero inhóspita. El calor ha sido tórrido en julio, con esa humedad aplastante tan característica y que en el asfalto de las ciudades se vuelve insoportable. La semana pasada las inundaciones en Fukushima y en la vecina Niigata obligaron a evacuar a 300.000 personas. Casi 30 centrales hidroeléctricas (de nuevo, Tepco) quedaron cerradas, y de nuevo la central accidentada de Fukushima se vio amenazada (esta vez, por un tifón).

Recuerdo que en el verano de 2003 se registró uno de los veranos más fríos de los que se tenían constancia en Japón. En pleno agosto caminábamos con abrigo por las calles de Tokio y cubríamos con desesperación las inundaciones en Niigata, la capital del arroz. Ese año las plantaciones quedaron arruinadas y el precio del grano se disparó. Siempre es un drama tener que comprar arroz de California, por mucho que sea de la variedad Koshihikari.

Niigata y Fukushima han vuelto a quedar anegadas y de nuevo son los agricultores las primeras víctimas. Pero no sólo por las inundaciones de Niigata. El Gobierno ha admitido que el veneno invisible de Fukushima puede haberse extendido también por los arrozales de las provincias próximas a Tokio. El bambú (cuyas raíces se comen en Japón) y las setas ya han mostrado evidencias radiactivas, al igual que la carne, aunque demasiado tarde.

Hay pocos indicios que hagan pensar que el conjunto tsunami-crisis nuclear haya dejado de ser el desastre que era cuando acaparaba las páginas de los periódicos. Ha habido un nuevo récord de radiaciones en la central, escándalos por carne contaminada, posible arroz radiactivo, refugiados que siguen sin casa, aguas fétidas en las marismas que dejó el tsunami, suicidios, tétano, llamadas de auxilio. Y mucha desconfianza.

Al margen de los medios de comunicación, las imágenes en vivo que ofrece la modesta webcam instalada por Tepco (y que se puede ver por Youtube) cerca de la central número 1 de Fukushima sacian la inquietud o curiosidad de muchos japoneses. Aunque a veces inquietan aún más. Concretamente, el vídeo de la noche del 4 de agosto ha sido el más visto de todos. En él parece verse un incendio en el complejo nuclear… que Tepco ha desmentido.

El debate está en llamas.

@tanaoshima Foto: Una plantación artificial de cedros junto a un arrozal. @Wikipedia.

País de Nieve

6 abril, 2011

Había una vez un viejo y una vieja que vivían en una choza en la montaña. Eran tan pobres que no tenían dinero para comprar comida. Llegó el Año Nuevo y el viejo decidió ir a vender cinco sombreros para la nieve. Era lo único que tenían, y el viejo marchó hacia la ciudad con la esperanza de conseguir algo de dinero. El viejo hundió sus botas de paja en la nieve y se ajustó el pañuelo a la cabeza.

En el camino, el viejo se encontró con seis jizou de piedra. Agachó la cabeza y les pidió ayuda. Pero cuando llegó a la ciudad, nadie quiso comprar sus sombreros. El viejo hizo el camino de vuelta sin dinero y sin comida.

De nuevo se encontró con los cinco jizou de piedra. Había empezado a nevar y los copos se iban acumulando lentamente sobre sus cabezas. Pronto quedarían enterrados bajo la nieve. Entonces el viejo les colocó uno por uno los sombreros. Como sólo tenía cinco, cuando llegó al sexto jizou el viejo le colocó su pañuelo.

Al llegar a casa, los viejos se tomaron una taza de agua caliente y se fueron a dormir. A medianoche, un ruido los despertó. Salieron a ver qué era y se encontraron con una montaña de comida en la puerta de la choza. Arroz, pescado, verduras y caquis. Y a lo lejos, los seis jizou caminando en fila, perdiéndose en la noche.

Este cuento popular, llamado “Los jizou de los sombreros“, proviene del Japón más frío y humilde. Se cree que se originó en las actuales provincias de Iwate y Fukushima. “Da, y te darán” es la máxima budista que enseña este cuento. Es un principio que creo que ha calado hondo en la cultura japonesa. Pero al margen de su moraleja, muestra lo que el norte de Japón representa para el imaginario japonés.

El norte de Japón (o mejor dicho, de Honshu) siempre ha sido conocido como el País de Nieve. Así se llama también una famosa novela de Kawabata, que transcurre en una ciudad de la provincia de Niigata. Son culturas de nieve asociadas a la montaña  (que en Japón está muy pegada a la costa), al trabajo de la tierra, a la soledad y al interior más inhóspito.

Los agricultores y pescadores de los municipios asolados por el tsunami lo han perdido todo. Han perdido sus tierras, sus casas, sus barcos, sus ahorros. Critican al Gobierno porque no se está haciendo cargo de ellos. Están refugiados, indefinidamente, en ayuntamientos o gimnasios de colegios.

Algunos se han suicidado, otros se han resignado. Pero más de uno habrá ido a ofrendar a sus ídolos o deidades, sean ‘jizou’, Inari o Ebisu, para poder volver a la huerta o al mar.

@tanaoshima Foto: Los seis ‘jizou’ de Kanakura. ©Wikipedia.
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