11 de marzo, otra vez
11 marzo, 2012
Un año ya. El 11 de marzo marca un triste aniversario y sirve para que los que tuvimos la suerte de no vivir la tragedia recordemos lo que ocurrió, lo que se perdió y lo que quedó. Los que sí la vivieron habrán llegado a este nuevo 11 de marzo sin la mirada fresca del reposo y la despreocupación. Para ellos el año entero habrá sido una continuidad que avanza lentamente, cada día unido al anterior y al siguiente por el mismo desasosiego.
- Todavía siento el terremoto en mi cuerpo. Cuando me quedo quieto, mi cuerpo se mueve. Fue realmente aterrador-, dice S., oriundo de Sendai.
No sorprende, sobre todo teniendo en cuenta la cantidad de terremotos que siguieron al del 11 de marzo de 2011 en Japón. 2011 fue un año con un número de seísmos anormalmente alto. Esta visualización muestra de una forma muy clara la actividad sísmica del país a lo largo del año pasado. Se ve, además, cómo los terremotos se cebaron sobre la misma costa Noreste de Japón.
La vida ha continuado. La vida siempre continúa. Tal vez por eso, precisamente, muchos de los supervivientes quieren volver a construir sus casas sobre los escombros que dejó el tsunami. Quieren continuar con su vida como hasta hace un año y terminarla allí donde se supone que deben terminarla: donde nacieron.
Fukushima ya es mucho más que un accidente. Hoy, un año después del inicio de la crisis nuclear que mantuvo en vilo al resto del planeta, The Economist ha dedicado su portada a este tema con un titular sorprendentemente rotundo: “La energía nuclear. Un sueño que fracasó”.
Parece que Fukushima ha calado allí donde Chernóbil no llegó a calar. El accidente soviético conmovió a todo el globo, pero no fue disuasorio por ser un desastre “esperable” de un régimen dictatorial en un país en desarrollo. En cambio, puede que el accidente nuclear de Japón haya estremecido más a los países industrializados, que le han visto las orejas al lobo y se han visto reflejados como candidatos a una pesadilla de similar magnitud.
Como cuando el mundo se dio de bruces con la realidad nuclear -de nuevo- de 1945.
@tanaoshima Imagen: Ilustración de tanukidrawings publicada en El Mundo el 11 de marzo de 2012.
Japón, diez días después del terremoto
20 marzo, 2011

Hablo con Kumiko y me dice que han encontrado a su familiar de Miyagi. Está vivo. Lleva una semana sin poder bañarse, pero está vivo. Le cuenta que la gente está yendo a trabajar sin haberse bañado ni duchado porque no hay agua caliente. Los primeros cinco días ni siquiera tuvieron agua. Siguen sin luz y hace mucho frío. Pero está vivo.
Mi tío llama y llama pero no contestan. Son amigos de cuando trabajaba en Sendai (Miyagi). Gente de pequeños municipios de la costa con la que hacía negocios. Ninguno de ellos está localizado, y ya han pasado diez días. No hay muchas esperanzas.
Mi primo me dice, desde Tokio, que la situación aún no es estable, pero que ha mejorado. Su hijo, de cuatro meses, aún no puede salir a la calle por la radiactividad, a pesar de que es muy baja (en Tokio).
Un bombero describe en la televisión japonesa cómo han sido las labores de enfriamiento de los reactores. No puede contener las lágrimas.
Un experto en tsunamis vuelve a la zona devastada (Miyagi) después de haber estudiado la actividad sísmica de esa región durante años. Llora.
Un hombre vuelve a su antigua casa en Minami Sanriku (Miyagi), de la que sólo quedan algunas vigas de madera. Limpia con un rastrillo en busca de algo que se pueda llevar. “Nada, ni un recuerdo”, dice. Está llorando.
Una madre que busca a su hijo.
Un hombre que se reencuentra con su mujer y su recién nacido.
Una abuela que ha sobrevivido.
Un joven que se recupera en el hospital después de haber luchado contra la ola para salir a flote.
Juraría que todos ellos están llorando, pero algunos expertos españoles afirman que los japoneses nunca lloran en público (!).
*Este blog debería llamarse Notas de Miyagi por rendir un homenaje a la provincia que más víctimas ha tenido. Pero el peligro nuclear ha eclipsado al desastre natural y ha situado a Fukushima en el centro de todas las miradas. ¿Se acordará alguien de Miyagi?
@tanaoshima Foto: Sendai tras el tsunami. ©Wikimedia Commons.
Los hijos de la bomba
19 marzo, 2011

En mi época, los niños se seguían refiriendo a la bomba atómica como Pika-don, las onomatopeyas del relámpago y del trueno. La conocíamos como algo horrible y sombrío que había matado a mucha gente y había dejado a muchos niños sin sus madres. Había ocurrido en ciudades que desde Kamakura o Shizuoka me parecían muy lejanas, y además había ocurrido mucho tiempo atrás. Era como un mito, aunque terrorífico.
Shiro es la primera persona que conocí que hablaba de la bomba con una familiaridad casi íntima. Hablaba de “cuando cayó Pika” como quien habla de la visita de un pariente. Nació en Nagasaki y ahí es donde vive, en una choza en la montaña, cultivando mazorcas y haciendo cerámica. Trabajaba la huerta con su padre, hasta que murió.
Lo vi unos días después, en plena estación de lluvias.
- ¿Qué tal está tu padre?-, le preguntamos.
- Mi padre murió el mes pasado. El día 25-, respondió con ímpetu.
- ¿Y qué tal está tu madre?
- Mi madre está bien-, dijo como un alférez ante un sargento, como siempre responde, con aparente entusiasmo. – Mi madre está histérica-, añadió en el mismo tono.
- ¿Sigues viviendo en la choza de la montaña?
- Sigo viviendo en la choza de la montaña.
- ¿Sigues sin tener cocina?
- Sí, no tengo cocina. Pero cocino sobre la estufa. Ahora me la quiero hacer en cerámica.
- ¿Y WC?
- No. Pero ahora que me han instalado la cañería a lo mejor también me lo fabrico en cerámica. De momento me dejan el de la abuela.
- ¿Qué tal Yusan?
- Bien. Se ha fabricado un novio. De Hiroshima. Y yo me siento culpable.
- ¿Por Yusan?
- No, por mi padre. Pienso que tal vez yo contribuí a fabricar su cáncer.
Shiro se tomó un sorbo de té.
- Estamos en el periodo en el que dicen que su alma todavía revolotea por aquí-, dijo de repente, a modo de información, como si hablase de un monumento histórico. -Eso es lo que nos dijo el monje de la escuela Rinzai.
- ¿En tu casa sois Rinzai?-, le preguntó M.
- En mi casa somos Zen-, dijo sonriente.
(No es que mi memoria sea prodigiosa; es que cuando hablo con Shiro, muchas veces tomo notas).
Su padre llevaba siempre consigo la cartilla de Hibakusha, víctima de la bomba atómica.
Estos días se vuelve a leer en la prensa la palabra Hibakusha. Esta vez se refiere a las personas contaminadas por los escapes radiactivos de las centrales nucleares de Fukushima. Todo se parece demasiado a la Segunda Guerra Mundial. “Atacaremos hasta el final”, dijo ayer Yukio Edano, el jefe del Gabinete, el hombre del momento.
@tanaoshima Foto: Nagasaki tras la bomba atómica. ©Wikimedia Commons.
Carta desde Kamakura, 17 de marzo
17 marzo, 2011

“Pasan los días y cada vez es todo más aterrador. No paro de imaginarme cosas. Puede que la comida también esté contaminada. Ahora lo único que importa es protegernos del peligro.
Cada vez hay menos bienes. La gente se lleva más cosas de las que necesita y se hace difícil conseguir provisiones. Pero de momento estoy consiguiendo comida haciendo largas colas. Nada de caprichos, nada de lujos, asumiendo los cortes de luz. Confío en que esta situación no durará mucho tiempo.
La información es confusa y cambia constantemente. No me creo que estén diciendo la verdad. Los políticos no inspiran ninguna confianza.
A partir de mañana M. ya no irá a trabajar. Porque no hay suficiente gasolina, ni comida, ni luz, y porque además ya no es seguro para ella ir hasta allí. Continúan los terremotos. Pero lo prefiero así, porque estamos juntas.”
Correo recibido el 17 de marzo a las 10:46 (hora de Nueva York).
Foto: Estatua a la entrada del templo Myohonji, en Kamakura.
Las patatas del señor Koga
16 marzo, 2011

Ryukokuji es un pequeño templo budista situado cerca de Karatsu, en Kyushu. Su traducción literal es “Templo del País del Dragón”, y en la entrada tiene tallado en hueco un dragón largo y sinuoso. Si uno se detiene a mirar desde el borde de la sala principal hacia el exterior, puede ver los campos de arroz que se extienden dentro de la silueta del dragón. Es especialmente bonito al atardecer.
Allí vive un monje risueño y de cejas largas.
El jardín trasero del templo está tapizado de un musgo verde y fresco que la mujer del monje cuida con mucho esmero. El jardín da a un bosque de bambú, que a su vez da a un monte de cedros y algún arce solitario. El olor a incienso y el canto de los pájaros invitan a la meditación.
Pero el monje está muy enfadado. Me lo cuenta H. por teléfono. Lo de Fukushima le parece un desastre anunciado. Piensa que es algo que tarde o temprano tenía que ocurrir.
Realmente, su enfado empezó hace años, cuando una empresa decidió montar su fábrica a apenas dos kilómetros del templo. Imaginó el deterioro del paisaje, la contaminación de los ríos y del aire. Inició una campaña para detener el proyecto. Finalmente, consiguió las suficientes firmas como para lograr su objetivo. La fábrica se buscó otro destino.
Poco después, inició una campaña similar para pedir el cierre de la planta nuclear de Genkai, situada en el mismo municipio de Karatsu. Pero nunca obtuvo el apoyo suficiente. Hasta ahora. La gente empieza a estar inquieta y teme más que nunca la capacidad destructiva de la energía nuclear.
Me pregunto qué estará pensando el señor Koga. Es un hombre afable y pequeño que cultiva hortalizas en su casa de la montaña. Sus cultivos son sin pesticidas, totalmente naturales. De lunes a viernes trabaja en la central nuclear de Genkai, y allí también tiene una huerta. “Me dijeron que por qué no plantaba hortalizas allí y las vendía, para que la gente viera que no pasa nada, que la central nuclear no es peligrosa”, me dijo hace tiempo, en el verano de 2008.
Ayer, el monje de Ryukokuji envió un correo electrónico masivo pidiendo a los ciudadanos que se movilicen para lograr el cierre completo de todas las centrales nucleares del país. “Y de paso”, dijo, “deberían advertir desde el principio a los trabajadores de las centrales de que existe un grave riesgo para la vida”.
Se refiere a los soldados japoneses que durante las últimas operaciones en las centrales de Fukushima fueron expuestos a altos niveles de radiación sin saberlo.
“Nos dijeron que era seguro y nos lo creímos. Entonces tuvo lugar el accidente. Esto ya no es una cuestión que pueda quedar en manos sólo de las Fuerzas de Autodefensa y la compañía eléctrica”, dijo una fuente militar citada en el Yomiuri Shinbun el día 15 a las 14.47. “Era más bien una operación con riesgo de muerte. Nos parecía peligroso, pero nos dijeron que era seguro y no nos quedó más remedio que creerles”.





