Ideas para Japón
13 abril, 2011

Desde hace unas semanas, en el colegio de nuestro hijo estamos recaudando fondos para enviar a Japón. Es algo que se está haciendo en otros colegios e instituciones; en la calle y en las tiendas de EEUU y de muchos otros países. Pero también a nivel particular.
Algunas iniciativas son originales y creativas. Ya destacamos dos de ellas en un texto anterior. Hoy hablaremos de tres proyectos cuyos ingresos van enteramente destinados a la reconstrucción de Tohoku.
- Quakebook: La idea -surgida en Twitter- fue recoger cualquier documento (testimonios, fotografías, ilustraciones, cartas) sobre el terremoto de Japón y publicarlos en forma de libro en un tiempo récord para enviar los fondos ingresados a la Cruz Roja Japonesa. El libro, en formato electrónico, estuvo listo en una semana. Ya está a la venta en Amazon y contiene principalmente testimonios de japoneses que han sufrido la catástrofe, pero también de periodistas y extranjeros relacionados con Japón. Tienen, de colaboradora estrella, a Yoko Ono. El proyecto sigue vivo a través de Twitter, Facebook y Flickr.
- Paper cranes for Japan: Se trata de recaudar dos dólares por cada grulla de papel elaborada por estudiantes de EEUU. Una vez conseguidas 100.000 donaciones, se reúnen todas las figuras de papiroflexia y se exponen a modo de instalación. El día 11 de abril se lograron los 200.000 dólares, que irán a la ONG Architecture for Humanity.
- The City Reporter: El ilustrador español Luis Mendo está donando el dinero recaudado con la venta de sus pósters a la Cruz Roja Japonesa.
Destruir es reconstruir
11 abril, 2011
El cartero de Higashi Matsushima
8 abril, 2011

El 11 de marzo, la ciudad de Higashi Matsushima quedó completamente devastada por el tsunami. Según cuenta la televisión japonesa, allí nació, se crió y trabajó Doi Tadashi, de 33 años, un superviviente del desastre. Como muchos de sus paisanos, se quedó sin casa y desde entonces vive en un refugio improvisado en una escuela primaria.
Doi era cartero y llevaba 16 años trabajando en la oficina de Correos de Nobiru. Todo desapareció con el terremoto y el posterior tsunami, pero 12 días después (el 23 del mes pasado) decidió retomar su oficio; esta vez, como voluntario.
Empezó a deambular con una bicicleta, haciendo siempre el mismo recorrido, visitando los distintos refugios y saludando a sus vecinos. Y es lo que sigue haciendo a diario. Les pregunta por su familia, les trae noticias de otros refugios, reparte cartas de familiares.
“Las cartas siempre traen recuerdos de gente que sigue ahí, conectada con nosotros”, dice Doi. El trabajo de cartero, dice, no sólo consiste en repartir cartas, sino también sonrisas, recuerdos, pertenencias, esperanzas, amistades que sigue uniendo a las personas.
Las entregas de Doi contienen también comida, en estos momentos de precariedad. Café, latas de conserva que se llevan de un refugio a otro, de un barrio a otro.
Las cartas unen el pasado con el presente, los muertos con los vivos, los desaparecidos con los que intentan sobrevivir. Las cartas acompañan y resucitan a los desaparecidos. Así lo explica Doi. Y de paso ayuda a reconstruir el censo de los municipios arrasados, de los fallecidos y de los desaparecidos.
Foto: Carta oficial del siglo XVI. ©Wikipedia.
Reconstruyendo Japón
23 marzo, 2011

El colegio (público) estaba a unos 10 minutos andando de mi casa. Todos los niños llevaban su randoseru de rigor recién lustrado, negro para los varones, rojo para las niñas. Era la misma mochila para todas las escuelas, públicas o privadas, y llevarla de otro color que no fuera el reglamentario era casi motivo de linchamiento. No hacía falta que la maestra llamara la atención al respecto, ni mucho menos que llegase a oídos del director. Los propios niños se encargaban de repudiar al compañero que hacía algo fuera de la norma.
Con seis años íbamos solos al colegio, sin adultos; algunos andando, otros en tren. Nada más llegar corríamos unas cuantas vueltas a las pistas deportivas. Recuerdo el frío que sentía en las piernas porque incluso en invierno teníamos que llevar unos pantalones muy cortos. Luego nos ordenábamos en fila, de menor a mayor tamaño, y estirábamos un brazo porque ésa era la distancia exacta que nos debía separar del que teníamos delante.
En clase, había una única postura para sentarse: la espalda recta y las manos sobre las piernas, excepto cuando escribíamos. Todos escuchábamos en silencio a la maestra. Nadie intervenía salvo para ir al baño, en cuyo caso había que levantar el brazo recto, con la mano firme y los dedos bien pegados.
(Nunca he estado en una escuela militar, pero supongo que en algo se parecerá.)
La comida se servía en las aulas. La servían los alumnos, por turnos. En realidad, desde Primero de Elemental, casi todo lo hacíamos los alumnos: traer la comida de la cocina en varios carritos, servirla (con gorro y guantes asépticos), colocar los pupitres para formar una gran mesa, recoger y limpiar. Las responsabilidades se repartían cada semana y cada uno teníamos que llevar el trapo -blanco, de unas dimensiones concretas y cosido a mano por nuestras madres, como los cojines- para limpiar los largos pasillos de linóleo.
A algo así -salvando las grandes distancias- se refirió Mao cuando dijo que el comunismo era algo profundamente chino, más que algo importado de la Unión Soviética. (Lo explicó muy bien Alain Peyrefitte en “Cuando China despierte el mundo temblará” después de entrevistarse con Zhou Enlai). Japón no es China y nunca ha sido comunista, pero la comunidad es el motor de la sociedad. Una comunidad basada en el trabajo ordenado.
En Tohoku, las comunidades se están moviendo en torno al desastre. Traen, llevan, limpian, ordenan, ayudan, construyen. Las iniciativas ciudadanas son las únicas que están funcionando. Por eso creo que Japón se levantará pronto de su caída. Porque no necesita líderes, ni políticos, ni jefes. La comunidad avanza sola hacia la reconstrucción.
@tanaoshima Foto: Un aula en un colegio japonés. ©Wikimedia Commons.




