De pequeña viví en una de las zonas más sísmicas de todo Japón. La ciudad de Shizuoka se sitúa sobre la falla de Tokai y muy cerca del monte Fuji. El epicentro de los violentos terremotos de Tokai suelen localizarse en la Bahía de Suruga, próxima a la ciudad.

Era obligatorio llevar al colegio un cojín de unas características concretas que normalmente utilizábamos para sentarnos. En los días de simulacro, saltaba la sirena y todos los niños nos colocábamos el cojín en la cabeza y nos escondíamos debajo de los pupitres. No había cascos; sólo un cojín tejido por nuestras madres.

Los terremotos eran frecuentes y a veces intensos. Recuerdo particularmente uno que me sorprendió en clase de caligrafía, en la cima de un monte. Cuando el suelo empezó a temblar y luego a oscilar, me dio tiempo a mirar por la ventana antes de refugiarme bajo una mesa. Los arbustos de té y los mandarinos temblaban conmigo, como riéndose.

Recuerdo también los bloques de hormigón que arruinaban el paisaje de la playa. Estaban ahí puestos para los tsunamis, me decían, pero era imposible verlos con buenos ojos. Y me preguntaba cómo podrían aquellos bloques detener una ola que me imaginaba como una gran zarpa capaz de alcanzar, como lo hizo en el siglo XV, al Gran Buda de Kamakura. Por entonces no sabía que el tsunami no era una zarpa, sino una lengua que devoraba, lentamente, pueblos enteros.

Mucho más tarde, ya en Tokio, un colega me preguntó si me había planteado alguna vez cómo escapar del edificio en el que trabajábamos en caso de terremoto. Era un edificio alto y viejo, sin sistema antisísmico. Me dijo que el edificio contaba con un número de cascos, linternas y cuerdas, pero que probablemente no había suficiente para todos.

El mismo colega me dijo que en su casa tenía, al borde de la cama, una bolsa con unas chanclas, un casco, una linterna y una botella de agua. “Siempre está ahí, por si acaso”, me dijo.
- ¿Por qué las chanclas?-, le pregunté.
- Para no cortarme con los cristales-, me respondió.

@tanaoshima Foto: el Gran Buda de Kamakura.

De Tokio a Fukushima

12 marzo, 2011

Cuando trabajaba como periodista en Tokio escribí con frecuencia información sobre terremotos. Ninguno de los que yo viví tuvo consecuencias trágicas; eran temblores rutinarios, de los cerca de 2.000 que se sienten al año, a pesar de que a veces superaban los 5 grados en la escala de Richter. Se experimentaban como un mareo precedido por un inconfundible zumbido.

Uno de los temas geológicos más recurrentes era el Gran Terremoto de Tokai. Los japoneses llevan esperándolo por lo menos 25 años en la línea de costa que une Tokio con Shizuoka, donde duerme el monte Fuji. Su predecesor sacudió la  misma zona en 1923. La imagen de este texto muestra cómo quedó Yokohama entonces. Fue de 8,3 grados Richter y se cobró 120.000 vidas. La magnitud del seísmo del pasado viernes ha sido revisada y aumentada de 8,8 a 9 grados.

Un día de 2004 asistí a la rueda de prensa que ofrecía el Gobierno Metropolitano sobre los planes de emergencia previstos para el Gran Terremoto de Tokai. Contemplaba el peor escenario, que era el siguiente: seísmo de 8,9 grados en la escala de Richter, tsunami y, eventualmente, erupción del Fuji.

El plan estaba pensado para salvar millones de vidas, teniendo en cuenta que afectaría a la superpoblada área metropolitana. Y aun así, la cifra estimada de muertos sería de 9.200. Las pérdidas económicas alcanzarían los 37 billones de yenes.

Las medidas de precaución incluyen algunas tan básicas como refugiarse debajo de una mesa durante las sacudidas, tal como me enseñaron de pequeña en el colegio. No hay japonés que no lo haga cuando hay un terremoto más o menos virulento. El Gobierno Metropolitano dijo entonces que uno de sus principales objetivos era idear nuevas medidas para reducir esa estimación a la mitad.

Según el plan, el terremoto de Tokai es el único que, hoy por hoy, es predecible. No sé si es un consuelo o un desconsuelo.

Texto: @tanaoshima / Foto: Wikipedia
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