De Tokio a Fukushima
12 marzo, 2011

Cuando trabajaba como periodista en Tokio escribí con frecuencia información sobre terremotos. Ninguno de los que yo viví tuvo consecuencias trágicas; eran temblores rutinarios, de los cerca de 2.000 que se sienten al año, a pesar de que a veces superaban los 5 grados en la escala de Richter. Se experimentaban como un mareo precedido por un inconfundible zumbido.
Uno de los temas geológicos más recurrentes era el Gran Terremoto de Tokai. Los japoneses llevan esperándolo por lo menos 25 años en la línea de costa que une Tokio con Shizuoka, donde duerme el monte Fuji. Su predecesor sacudió la misma zona en 1923. La imagen de este texto muestra cómo quedó Yokohama entonces. Fue de 8,3 grados Richter y se cobró 120.000 vidas. La magnitud del seísmo del pasado viernes ha sido revisada y aumentada de 8,8 a 9 grados.
Un día de 2004 asistí a la rueda de prensa que ofrecía el Gobierno Metropolitano sobre los planes de emergencia previstos para el Gran Terremoto de Tokai. Contemplaba el peor escenario, que era el siguiente: seísmo de 8,9 grados en la escala de Richter, tsunami y, eventualmente, erupción del Fuji.
El plan estaba pensado para salvar millones de vidas, teniendo en cuenta que afectaría a la superpoblada área metropolitana. Y aun así, la cifra estimada de muertos sería de 9.200. Las pérdidas económicas alcanzarían los 37 billones de yenes.
Las medidas de precaución incluyen algunas tan básicas como refugiarse debajo de una mesa durante las sacudidas, tal como me enseñaron de pequeña en el colegio. No hay japonés que no lo haga cuando hay un terremoto más o menos virulento. El Gobierno Metropolitano dijo entonces que uno de sus principales objetivos era idear nuevas medidas para reducir esa estimación a la mitad.
Según el plan, el terremoto de Tokai es el único que, hoy por hoy, es predecible. No sé si es un consuelo o un desconsuelo.

