En el año 2003 asistí a un mitin de Shintaro Ishihara en Tokio. Lo recuerdo encaramado a una furgoneta, envuelto en la cobertura policial, sobre un pedazo gris de la capital japonesa. Como un espectáculo callejero de marionetas o los corrillos de apuestas que se forman en los barrios bajos de Asakusa.

Cubrí el mitin para el suplemento Crónica de El Mundo (dirigido entonces por Agustín Pery, que tan bien se portó cuando Japón estaba muy lejos de las portadas de los periódicos). Escribí entonces, y perdón por la cita pero me gusta recuperar este artículo: “El veterano político se presenta como un hombre de acción, una versión nipona de Le Pen en un país aletargado, con el orgullo maltratado y ávido de líderes con carácter”.

Ishihara obtuvo en 2003 el 70% de los votos en las elecciones a Gobernador de Tokio, donde se registró una abstención del 55% (tal es la pasión de la sociedad nipona por el proceso electoral). El político era el líder fuerte, con carácter, que busca sin descanso una parte del electorado japonés.

Estos días vuelven las elecciones locales a Japón. El terremoto, el tsunami y la crisis nuclear trastocaron los discursos electorales y los planes de campaña. La novedad en Tokio era la retirada de Ishihara (que se refirió al terremoto del 11 de marzo como “un castigo del cielo”, por lo que se disculpó después). Fue un anuncio en falso. Una vez más, Ishihara se presenta a los comicios. Sería, si gana, su cuarto mandato consecutivo.

Al cabo de unos años es justo dedicarle de nuevo un texto al último gran populista nipón, el eterno aspirante a grandes empresas en el teatro político japonés. ¿Habrá algún motivo para recordar las elecciones que se celebraron en las semanas siguientes al desastre del 11 de marzo? ¿Tendrá Ishihara alguna culpa de ello, más allá de su habitual catálogo de frases y mal gusto?

La crisis que ha provocado el terremoto es tan profunda que Japón quizá tenga que asumir reformas de calado por primera vez en décadas. Las medidas serían tan necesarias como sorprendentes: el país soporta con resignación una crisis económica que dura ya más de 25 años, y no ocurre nada. Aquí surge la figura de Ishihara, siempre dispuesto a ofrecerse como el salvador de los problemas nipones.

El gobierno de Tokio sería un elemento clave en un hipotético proceso de reformas. No es una ciudad más. Un porcentaje superior al 10% del electorado del país, alrededor de 10 millones de personas, votan en la capital japonesa. La ciudad es el centro de la política y de la administración, dispone de un presupuesto para 2011 de más de 6.200 billones de yenes y su Gobierno tiene capacidad de condicionar la administración del primer ministro Naoto Kan.

Un apunte sobre Kan, para darle algo más de recorrido a este rápido perfil de la política en Japón a través de Ishihara. En junio del año pasado, cuando se celebró el enésimo proceso electoral de los últimos años, el actual primer ministro utilizó el eslogan siguiente para su campaña: “Yes we Kan”, con camisetas con su rostro y el lema incluidos. Un año después, en el Parlamento le llamaron “lata vacía”, un juego de palabras con su apellido (que en inglés significa “lata”). Así son las cosas.

Vuelvo a abril de 2011. Tokio aguantó el terremoto como una muestra de su orgullo, pero sufre la amenaza nuclear y se ha convertido en el centro de la crisis y quizá en su principal víctima después de los territorios de Tohoku arrasados por el agua. Ishihara, a quien el ‘Japan Times’ le ha reconocido en un editorial varios aciertos en estos 12 años, tiene su última oportunidad: puede ser el promotor de las reformas o el trilero encaramado a una furgoneta en una calle medio vacía de Tokio.

@cmdelaserna / Foto: Shintaro Ishihara durante un mitin celebrado en 2003 en Tokio. Fotografía publicada entonces en el suplemento Crónica de El Mundo
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