Ishihara, el último populista
5 abril, 2011
En el año 2003 asistí a un mitin de Shintaro Ishihara en Tokio. Lo recuerdo encaramado a una furgoneta, envuelto en la cobertura policial, sobre un pedazo gris de la capital japonesa. Como un espectáculo callejero de marionetas o los corrillos de apuestas que se forman en los barrios bajos de Asakusa.
Cubrí el mitin para el suplemento Crónica de El Mundo (dirigido entonces por Agustín Pery, que tan bien se portó cuando Japón estaba muy lejos de las portadas de los periódicos). Escribí entonces, y perdón por la cita pero me gusta recuperar este artículo: “El veterano político se presenta como un hombre de acción, una versión nipona de Le Pen en un país aletargado, con el orgullo maltratado y ávido de líderes con carácter”.
Ishihara obtuvo en 2003 el 70% de los votos en las elecciones a Gobernador de Tokio, donde se registró una abstención del 55% (tal es la pasión de la sociedad nipona por el proceso electoral). El político era el líder fuerte, con carácter, que busca sin descanso una parte del electorado japonés.
Estos días vuelven las elecciones locales a Japón. El terremoto, el tsunami y la crisis nuclear trastocaron los discursos electorales y los planes de campaña. La novedad en Tokio era la retirada de Ishihara (que se refirió al terremoto del 11 de marzo como “un castigo del cielo”, por lo que se disculpó después). Fue un anuncio en falso. Una vez más, Ishihara se presenta a los comicios. Sería, si gana, su cuarto mandato consecutivo.
Al cabo de unos años es justo dedicarle de nuevo un texto al último gran populista nipón, el eterno aspirante a grandes empresas en el teatro político japonés. ¿Habrá algún motivo para recordar las elecciones que se celebraron en las semanas siguientes al desastre del 11 de marzo? ¿Tendrá Ishihara alguna culpa de ello, más allá de su habitual catálogo de frases y mal gusto?
La crisis que ha provocado el terremoto es tan profunda que Japón quizá tenga que asumir reformas de calado por primera vez en décadas. Las medidas serían tan necesarias como sorprendentes: el país soporta con resignación una crisis económica que dura ya más de 25 años, y no ocurre nada. Aquí surge la figura de Ishihara, siempre dispuesto a ofrecerse como el salvador de los problemas nipones.
El gobierno de Tokio sería un elemento clave en un hipotético proceso de reformas. No es una ciudad más. Un porcentaje superior al 10% del electorado del país, alrededor de 10 millones de personas, votan en la capital japonesa. La ciudad es el centro de la política y de la administración, dispone de un presupuesto para 2011 de más de 6.200 billones de yenes y su Gobierno tiene capacidad de condicionar la administración del primer ministro Naoto Kan.
Un apunte sobre Kan, para darle algo más de recorrido a este rápido perfil de la política en Japón a través de Ishihara. En junio del año pasado, cuando se celebró el enésimo proceso electoral de los últimos años, el actual primer ministro utilizó el eslogan siguiente para su campaña: “Yes we Kan”, con camisetas con su rostro y el lema incluidos. Un año después, en el Parlamento le llamaron “lata vacía”, un juego de palabras con su apellido (que en inglés significa “lata”). Así son las cosas.
Vuelvo a abril de 2011. Tokio aguantó el terremoto como una muestra de su orgullo, pero sufre la amenaza nuclear y se ha convertido en el centro de la crisis y quizá en su principal víctima después de los territorios de Tohoku arrasados por el agua. Ishihara, a quien el ‘Japan Times’ le ha reconocido en un editorial varios aciertos en estos 12 años, tiene su última oportunidad: puede ser el promotor de las reformas o el trilero encaramado a una furgoneta en una calle medio vacía de Tokio.
@cmdelaserna / Foto: Shintaro Ishihara durante un mitin celebrado en 2003 en Tokio. Fotografía publicada entonces en el suplemento Crónica de El Mundo
El barrio de Hokusai
17 marzo, 2011

De Asakusa a Ueno se puede ir caminando. En metro -línea de Ginza, color naranja- son unas pocas paradas, pero merece la pena el paseo. Son barrios viejos, barrios bajos. Conservan el espíritu y los restos de la ciudad, y algunas de sus historias más antiguas.
El mercado de Ueno recuerda el pasado asiático de Tokio, diluido en los barrios más modernos. Ueno era uno de los principales puntos del mercado negro en los años de la posguerra y todavía lo parece: puestos abiertos, cabezas abiertas de pescado, ropa colgada de elevados percheros, artesanos y comerciantes con un acento duro y rotundo, la sombra de los ‘yakuza’.
En el centro del parque, donde los adolescentes pierden el tiempo en las horas escolares y los ‘homeless’ se pelean por un trozo de acera, se levanta imponente el Museo Nacional de Tokio. También hay un estanque de nenúfares y otros recuerdos.
Este fin de semana estaba previsto que el museo abriera al público su parque de cerezos con motivo de la llegada de la primavera. Ignoro si se abrirá, o si irá alguien al cabo de la primera semana del terremoto. En las informaciones de los medios es difícil seguir estos detalles: cómo sigue la vida en Tokio, si están llenos por la noche los estrechos ‘izakaya’ de Shinjuku, si se emborrachan al salir del trabajo los “asalariados” (tradución directa de ‘salarymen’, como se los conoce en Japón), si los cruces siguen tan poblados.
Una de las galerías del Museo Nacional de Tokio tiene las cicatrices del terromoto de Tokio de 1923, el Gran Terremoto de Tokai. El edificio quedó prácticamente destruido. Se volvió a levantar. Tiene 24 galerías que recorren el arte japonés desde su primeras manifestaciones hasta Edo, cuando Ueno y los primeros barrios que recorre la línea de Ginza eran el centro de Tokio.
En una de las galerías se exponen una de las obras más conocidas de Hokusai, el maestro del ukiyo-e: “La gran ola de Kanagawa”, parte de sus 36 vistas del Monte Fujji que pintó entre 1823 y 1829, y con las que creó una iconografía de Japón que perdura desde entonces. La obra también se conoce como “La ola”.
El terremoto y el tsunami forman parte de la tradición artística japonesa. La máxima representación es la obra de Hokusai: tantas veces se ha utilizado que nos sorprende que el mar se coma la tierra con ritmo pesado y paquidérmico, sin la fuerza de la pintura.
Hokusai nació en Honjo, Tokio: barrio viejo, al borde del río Sumida. En los márgenes del río duermen los ‘homeless’ y en los callejones los niños juegan al béisbol. Allí también nació el poeta Basho, que dejó dicho: “Todos los días son viaje y la casa misma es viaje”.
@cmdelaserna / Imagen: “La gran ola de Kanagawa”, Hokusai.
Carta desde Tokio, 16 de marzo
16 marzo, 2011

“En Tokio todavía hay comida, pero empieza a cundir un poco el pánico y hay gente que se lleva grandes cantidades de papel higiénico y alimentos. Hay poca gasolina y en las gasolineras hay unas colas larguísimas que parecen serpientes. A mí me parece que no es el momento de andar comprando en Tokio; quienes lo necesitan de verdad son los de Tohoku.
En Kanto [la región que incluye a Tokio] hemos empezado con los cortes de luz. Setagaya [un barrio de Tokio] no está incluido en el plan de apagones, así que lo hacemos por iniciativa propia. Los trenes también son escasos y la mitad de las tiendas está cerrada. Es bastante deprimente.
Pero lo que más pánico me da ahora es el problema nuclear. Los cuatro reactores de Fukushima están dañados y por lo visto están emitiendo elementos radiactivos. Si empieza la fusión puede ser catastrófico.
Los terremotos y los tsunamis, por aterradores que sean, no duran años. La radiactividad puede durar décadas. Es espantoso.
Y ha sido un accidente sólo en parte.
Si somos un país con alto riesgo sísmico y decidimos tener energía nuclear, nuestras centrales deberían estar mucho mejor preparadas. Tendrían que haber sido diseñadas para resistir terremotos del doble de magnitud que el mayor de los terremotos registrados hasta ahora.
Si la tecnología japonesa va a ser la que arruine el futuro de la Tierra, ya no sé qué lección hemos aprendido de la bomba atómica que nos lanzaron.
Ayer hubo en Shizuoka un terremoto de magnitud 6 y en Tokio se sintió bastante. Me volví a llevar un buen susto.
La tele está llena de noticias tristes, muchos reportajes de víctimas. Hay información útil, pero es todo tan doloroso que me pongo mala. Intento no ver la tele demasiado. Sería entrar en pánico innecesariamente.
M. sigue yendo a trabajar. Está de cierre y está llegando muy tarde a casa. “¿Quién está pensando ahora en comprar un coche?”, me dice, y me da pena.
Ayer estuvimos en casa de los padres de M., en Saitama. Viven en un edificio con mucha gente mayor que tiene que subir las escaleras cuando el ascensor deja de funcionar. A la vuelta no había trenes por el apagón y tuvimos que hacer medio camino en taxi”.
Correo recibido de Tokio el 16 de marzo a las 3.24 de la mañana (hora de Nueva York).
Foto: El barrio de Setagaya, Tokio. ©Wikimedia Commons.
Unas chanclas para el terremoto
15 marzo, 2011

De pequeña viví en una de las zonas más sísmicas de todo Japón. La ciudad de Shizuoka se sitúa sobre la falla de Tokai y muy cerca del monte Fuji. El epicentro de los violentos terremotos de Tokai suelen localizarse en la Bahía de Suruga, próxima a la ciudad.
Era obligatorio llevar al colegio un cojín de unas características concretas que normalmente utilizábamos para sentarnos. En los días de simulacro, saltaba la sirena y todos los niños nos colocábamos el cojín en la cabeza y nos escondíamos debajo de los pupitres. No había cascos; sólo un cojín tejido por nuestras madres.
Los terremotos eran frecuentes y a veces intensos. Recuerdo particularmente uno que me sorprendió en clase de caligrafía, en la cima de un monte. Cuando el suelo empezó a temblar y luego a oscilar, me dio tiempo a mirar por la ventana antes de refugiarme bajo una mesa. Los arbustos de té y los mandarinos temblaban conmigo, como riéndose.
Recuerdo también los bloques de hormigón que arruinaban el paisaje de la playa. Estaban ahí puestos para los tsunamis, me decían, pero era imposible verlos con buenos ojos. Y me preguntaba cómo podrían aquellos bloques detener una ola que me imaginaba como una gran zarpa capaz de alcanzar, como lo hizo en el siglo XV, al Gran Buda de Kamakura. Por entonces no sabía que el tsunami no era una zarpa, sino una lengua que devoraba, lentamente, pueblos enteros.
Mucho más tarde, ya en Tokio, un colega me preguntó si me había planteado alguna vez cómo escapar del edificio en el que trabajábamos en caso de terremoto. Era un edificio alto y viejo, sin sistema antisísmico. Me dijo que el edificio contaba con un número de cascos, linternas y cuerdas, pero que probablemente no había suficiente para todos.
El mismo colega me dijo que en su casa tenía, al borde de la cama, una bolsa con unas chanclas, un casco, una linterna y una botella de agua. “Siempre está ahí, por si acaso”, me dijo.
- ¿Por qué las chanclas?-, le pregunté.
- Para no cortarme con los cristales-, me respondió.
@tanaoshima Foto: el Gran Buda de Kamakura.
Carta desde Tokio, 15 de marzo
15 marzo, 2011

“Nunca había vivido un terremoto así, no de esa fuerza. A mí me pilló comprando, la gente dejaba sus compras y corría hacia la calle pero yo preferí terminar toda mi compra, compré mucho, muchísimo, y luego salí a la calle. Vi a mucha gente corriendo con maletas hacia la explanada del Palacio Imperial y el Parque de Hibiya. Caminé una hora hasta llegar a casa”.
Correo recibido desde Tokio el 15 de marzo de 2011.
De Tokio a Fukushima
12 marzo, 2011

Cuando trabajaba como periodista en Tokio escribí con frecuencia información sobre terremotos. Ninguno de los que yo viví tuvo consecuencias trágicas; eran temblores rutinarios, de los cerca de 2.000 que se sienten al año, a pesar de que a veces superaban los 5 grados en la escala de Richter. Se experimentaban como un mareo precedido por un inconfundible zumbido.
Uno de los temas geológicos más recurrentes era el Gran Terremoto de Tokai. Los japoneses llevan esperándolo por lo menos 25 años en la línea de costa que une Tokio con Shizuoka, donde duerme el monte Fuji. Su predecesor sacudió la misma zona en 1923. La imagen de este texto muestra cómo quedó Yokohama entonces. Fue de 8,3 grados Richter y se cobró 120.000 vidas. La magnitud del seísmo del pasado viernes ha sido revisada y aumentada de 8,8 a 9 grados.
Un día de 2004 asistí a la rueda de prensa que ofrecía el Gobierno Metropolitano sobre los planes de emergencia previstos para el Gran Terremoto de Tokai. Contemplaba el peor escenario, que era el siguiente: seísmo de 8,9 grados en la escala de Richter, tsunami y, eventualmente, erupción del Fuji.
El plan estaba pensado para salvar millones de vidas, teniendo en cuenta que afectaría a la superpoblada área metropolitana. Y aun así, la cifra estimada de muertos sería de 9.200. Las pérdidas económicas alcanzarían los 37 billones de yenes.
Las medidas de precaución incluyen algunas tan básicas como refugiarse debajo de una mesa durante las sacudidas, tal como me enseñaron de pequeña en el colegio. No hay japonés que no lo haga cuando hay un terremoto más o menos virulento. El Gobierno Metropolitano dijo entonces que uno de sus principales objetivos era idear nuevas medidas para reducir esa estimación a la mitad.
Según el plan, el terremoto de Tokai es el único que, hoy por hoy, es predecible. No sé si es un consuelo o un desconsuelo.
Texto: @tanaoshima / Foto: Wikipedia
La noche del viernes 11 de marzo
12 marzo, 2011

Nuestra antigua casa de Tokio, en el modesto barrio de Sumida, se ha mantenido en pie. Es una caja de cerillas suspendida sobre cuatro vigas de metal. Cada vez que la tierra temblaba, la casa se balanceaba como un columpio. La gente ni se inmutaba, pero nosotros nos preparábamos para salir corriendo y esperábamos bajo el quicio de la puerta. Nunca fue necesario huir. El pasado viernes 11 de marzo, nuestra antigua casa se balanceó, se balanceó, se balanceó… y resistió la sacudida. Me alegro por sus nuevos inquilinos.
A la misma hora, en Kamakura, a pocos kilómetros de Tokio, las bonitas viviendas unifamiliares temblaron como frágiles linternas de papel. No hubo desgracias, pero sí muchos desperfectos. Apagones, frío, hambre. “No podía ni calentar agua, así que por la tarde salí a comprar comida y me encontré con que estaba casi todo cerrado y las tiendas que estaban abiertas ya no tenían provisiones. Me crucé con una vecina y me ofreció unas galletas, de modo que cené galletas y zumo en la habitación fría, iluminada sólo por la luz de una vela. No había internet, no había teléfono, no había trenes. La ciudad estaba solitaria”. Me lo cuenta M. O., una persona querida. Probablemente la última vez que vivió algo así fue en su infancia, al terminar la Guerra del Pacífico.


